• La verdadera cuestión de Estado

    A lo largo de la Historia del Hombre la supervivencia de la especie ha estado basada en el aprovechamiento al máximo de los recursos disponibles.Estos recursos han sido los científicos como expresión del aprendizaje obtenido, como consecuencia aparecían los tecnológicos para poder obtener de manera más sencilla los medios para la subsistencia de la comunidad de que se tratase, y el capital humano capaz de manejar ambos y obtener conocimiento por el cual seguir incrementando los científicos que alimentaban al resto.

    En un mundo como el actual en el que el aprovechamiento de los recursos de todo tipo sigue siendo la esencia misma de la Humanidad y dentro de la observación del acontecer de las naciones más sensatas y exitosas, vemos que la experiencia proveedora de conocimiento es una de las facetas más respetadas y observadas en las sociedades y en las empresas.

    Ejemplos de esto mismo podemos encontrarlas en muchas naciones, y lo sorprendente es que cuanto más se observa este principio más prosperidad alcanzan y más eficaces son en la obtención de recursos que mejoren la existencia de su sociedad. No se desperdicia el conocimiento pues es demasiado valioso. Sabido es el aforismo japonés “No mires con desprecio a un anciano, pues él ha usado su capital en años lo mejor que ha podido. Ya no tiene años, pero tiene sabiduría. Y tú, lo único que tienes son años”

    Con esta última crisis y sin entrar en las causas que la han hecho particularmente cruda en España, las consecuencias para el empleo han sido devastadoras en todos los sectores productivos y para la economía en su conjunto.

    La desaparición de empresas ha sido algo jamás conocido en un período de paz, y como consecuencia la desaparición de aquellos empleos que prestaban sus servicios para ellas ha sido terrible para los trabajadores, y mucho más aún para la sociedad en su conjunto, por una simple razón aún no suficientemente ponderada.

    Esta razón, que viene de unas prácticas suicidas que se llevan aplicando por los empresarios desde los años 80 del siglo pasado y toleradas, amparadas y bendecidas por las autoridades públicas cuya misión debiera haber tenido la suficiente altura de miras para atisbar las consecuencias de sus actos a largo plazo, cumpliendo su obligación de mirar por el bien común a largo plazo sin caer en las bajas pasiones excitadas por una desmedida ambición electoral.

    Estas prácticas, insisto, establecidas como método para reducir de manera rápida los sobrecostes de las empresas, fueran plasmadas en la demencial técnica de la prejubilación de empleados cuyo salario se estimaba poco productivo y rémora de la competitividad empresarial.

    Con este sencillo método se conseguían dos cosas: Cargar sobre las espaldas de la sociedad los emolumentos compensatorios de la falta de actividad de las personas despedidas sin que las empresas tuvieran que esforzarse en mejorar sus procesos ni la formación de sus empleados, sosteniendo empresas más o menos ficticias (Por su falta de competitividad) a base de reducir plantilla sin esforzarse en progresar mediante la mejora. La segunda, es una especie de anestesia generalizada sobre la pérdida de talento que conllevaba semejante sistema. Y esta anestesia social ha sido la que en parte ha llevado a seguir con el mismo método en esta última crisis: Despedir a los empleados más antiguos con salarios más altos en beneficio de unas posteriores contrataciones de empleados sin experiencia, pero dispuestos a aceptar salarios mucho más bajos.

    Probablemente de aquellos polvos, vienen estos lodos. Lo fácil, lo sencillo, lo bendecido por el Poder y monaguillos asistentes, era mejorar la competitividad reduciendo el peso de los salarios. Unos genios, oiga. De mejorar procesos, tecnologías, ampliar mercados como consecuencia de la potencialidad despreciada de las empresas, nada de nada.

    Había otras opciones, pero del sistema socio-laboral español se desprende que tanto por lo obtuso de los planteamientos cortoplacistas de los participantes en el señalamiento del rumbo, como de los marineros destinados a ejecutar las órdenes, nos ha llevado hasta aquí siguiendo de manera estricta esta derrota. Y así estamos, derrotados.

    La consecuencia actual es la pérdida acelerada y brutal de talento que está sufriendo la sociedad productiva española, condenando al ostracismo a muchos profesionales que están en el mejor momento de su vida y que tristemente, en lugar de poder participar en proyectos empresariales potentes en los que aportar sus conocimientos y energías, tienen, en el mejor de los casos, que conformarse con sobrevivir haciendo la guerra por su cuenta ejerciendo actividades que muchas veces están lejos de su verdadero potencial profesional.

    Los más tienen que resignarse es malvivir de manera más o menos oculta frente a las autoridades pues su manera de ejercer sus profesiones no les da para vivir, y mucho menos para poder satisfacer las exigencias abusivas de un Estado descontrolado en sus necesidades.

    Y éste es el panorama creado a lo largo de estos años con la colaboración de todos los protagonistas de manera tan entusiasta como demagógica que nos ha dado como resultado una sobrecarga de las cuentas públicas, como consecuencia un aumento de los gastos del Estado, añadiendo una disminución de la productividad y terminando con la pérdida del conocimiento y del talento.

    ¿Soluciones? Muchas y variadas, pero ninguna será factible si no rompemos el paradigma imperante del beneficio cortoplacista como único sistema de supervivencia buscando los bienes a largo plazo para la sociedad. Pero para eso hace falta gente con preparación, visión estratégica y generosidad para empeñarse en el intento.

    Y este paradigma, no me malinterpreten, no es achacable a un grupo u otro de los anteriormente mencionados. Lo grave es que es aplicable a todos y cada uno de nosotros, y cambiarlo es responsabilidad de todos.

    Esto sí es una cuestión de Estado, y lo demás, fuegos artificiales.

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